miércoles, 24 de mayo de 2017

"Los desencantados" del Frente Amplio

Mayo, 2017

El rendimiento electoral del Frente Amplio en las pasadas municipales fue un triunfo político que no sólo  logró la alcaldía de Valparaíso –bajo un modelo de participación ciudadana intensivo-, sino también hace posible que desde ese momento la prensa comience de modo frecuente a publicar noticias sobre el emergente movimiento político. Es más, la élite política duopolica, los analistas de la coyuntura política y las redes sociales comienzan a debatir e intercambiar ideas, pareceres y emociones en torno al posicionamiento y a las proyecciones políticas y electorales de la izquierda no oficial.

Estos hechos, han contribuido a que luego de unos meses y en el marco de un sistema político agotado se comience a especular que esta fuerza política puede pasar a segunda vuelta y competir en un balotaje con la derecha lidera por Piñera.

En este contexto, hay que entender los esfuerzos –sobre todo, de los últimos días- de la Nueva Mayoría –Guillier incluido- por descalificar, denostar y debilitar la “amenaza amplista”. El miedo y la incertidumbre –en el marco de una crisis terminal- se apodera del oficialismo. Esto conduce, a una guerra de trincheras intensa en torno a la conformación del nuevo parlamento. Para la Nueva Mayoría el “adversario” es el Frente Amplio y no Piñera; al menos, en un primer momento. Hay que detener la fuga.

Todas estas circunstancias, han hecho que al interior de la izquierda no oficial aumenten las expectativas, las ambiciones y las esperanzas. De este modo, vemos como en 6 meses el debate ha pasado de la opción presidencial testimonial –en el marco de un proyecto político de largo plazo- a vislumbrar la posibilidad real de pasar a segunda vuelta. Esto es, sin duda, un triunfo político.

Observamos, en consecuencia, como en estos meses el Frente Amplio pasa de la “novedad” a la “posibilidad real” de pasar a segunda vuelta; incluso, lograr la presidencia al ganar el balotaje; es decir, como el “amplismo” pasa de la “novedad” a la “amenaza duopolica”.

Sin embargo, surge una contradicción entre percepción mediática y datos electorales. De hecho, al revisar las cifras electorales de la izquierda no oficial desde el noventa –incluidas, las municipales pasada- y las cifras que vemos semana a semana en las encuestas de opinión pública, no se ve con tanta claridad la percepción que se ha instalado desde el punto de vista mediático de que el Frente Amplio es una fuerza relevante que no sólo puede tener una buena performance parlamentaria, en el marco de un sistema proporcional, sino también que puede convertirse en gobierno.

No obstante, hay un hecho evidente: el Frente Amplio entro al “campo político” y ha generado efectos de poder significativo; al punto, que el duopolio –principalmente, el oficialismo- han entrado en pánico. De hecho, nadie podría afirmar que en la Nueva Mayoría no hay preocupación. Por cierto, si la hay.

Según lo anterior, las próximas elecciones –presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales- son la oportunidad y el momento en que la presencia y la fuerza cualitativa del Frente Amplio se transforme en una fuerza política con peso cuantitativo; es decir, se convierta en una tercera fuerza política y electoral que ponga término a casi 30 años de hegemonía duopolica. De este modo, las próximas elecciones son la prueba de fuego para el emergente movimiento político que encuentra raíces no sólo en las nuevas generaciones, sino también en los desencantados de la izquierda oficial.
En consecuencia, ¿de dónde sacará los votos para ese objetivo?

La respuesta viene desde el propio Frente Amplio. De hecho, sus principales dirigentes han insistido en que esos votos y la posibilidad de triunfo esta en los desencantados con la política y con la izquierda oficial más preocupada de mantener posiciones de poder y de hacer reformas híbridas como una forma de encubrir su atávico gatopardismo.

No hay duda, que la fuerza política que logre captar la adhesión de estos amplios sectores se convertirá en una fuerza política significativa. No obstante, es curioso ver como “los desencantados” son convertidos por una entelequia en los nuevos sujetos de la historia y de la política. Sin embargo, detrás de estas afirmaciones hay un nuevo paradigma teórico –quizás, ni lo sepan- que transita del sujeto trabajador al sujeto ciudadano y del sindicato y la formas clásicas de organización político-sectorial al espacio territorial-local donde se encuentra la diversidad en estado puro.

Respecto de la potencial adhesión de los desencantados, que son muchos y se expresan políticamente en la abstención y en la distancia estructural con la política y sus élites, surgen algunas preguntas: ¿qué razones hay para que esos sectores apoyen al Frente Amplio?; ¿quién dijo que esos sectores son mayoritariamente de izquierda; ¿de dónde sacaron que van a concurrir a votar en noviembre?; ¿por qué y cómo esos sectores tendrían que politizarse de un momento a otro?; ¿por qué y cómo esos sectores van a romper su tendencia estructural a la apatía política?

El problema, finalmente, es político. La fuerza política del Frente Amplio –más mediática que electoral- tiene la posibilidad de consolidarse en la medida en que tenga buen rendimiento electoral, es decir, que tenga los votos suficientes para ganar la competencia. No hay duda, que la primaria juega un rol fundamental en este objetivo.

No obstante, si votan los mismos que han votado siempre, las perspectivas de esta fuerza emergente no estarán a la altura de lo que se espera. De hecho, al menos y dada las expectativas que genera esta fuerza política, su rendimiento electoral debería ser superior a lo que ha mostrado la izquierda no oficial desde los noventa. Cualquier resultado bajo ese umbral es, sin duda, un fracaso.

En consecuencia, ¿cómo el Frente Amplio moviliza a “los desencantados” y convierte ese “desencanto” en adhesión electoral y en votos?  Probablemente, la respuesta venga de Valparaíso.

El asunto es, aun más complejo cuando observamos que la presencia de “los desencantados” no es coyuntural; al contrario, es estructural y forma parte de un cambio de época. No hay que olvidar, finalmente, que la política líquida en un contexto de des-legitimación y corrupción, puede traer muchas sorpresas. La coyuntura presidencial sigue gelatinosa e incierta.

martes, 16 de mayo de 2017

La DC entre la regresión y la profundización reformista

Mayo, 2017

La decisión de la DC de ir a la primera vuelta presidencial abrió una coyuntura de difícil pronóstico. Si bien, se trata de una ruptura preliminar, los hechos de los días siguientes van mostrando que cada día se hace más complejo lograr un acuerdo parlamentario y apoyo para enfrentar de modo unitario la segunda vuelta presidencial. Hoy, para muchos el histórico pacto de la centro-izquierda está muerto sin candidato único, sin unidad parlamentaria y sin apoyo para la segunda vuelta presidencial.

Los rasgos de la nueva fase política se comienzan a instalar con fuerza en la política chilena. De hecho, la presencia del Frente Amplio, la derrota de Lagos y compañía, el posicionamiento de Guillier, la apertura del campo político de la derecha y el giro a la izquierda del PS, son signos –entre otros- de que el nuevo ciclo se ve más cerca que lejos. No obstante, la restauración conservadora mantiene importantes espacios de poder en la política y en los medios. Las decisiones de la DC, por tanto, se inscriben en ese contexto de cambio de fase política.

Si la ruptura de la Nueva Mayoría es definitiva y se re-formula la política de alianzas, la nueva fase política estará dando pasos agigantados para instalarse en pleno. No obstante, esto no va ocurrir antes que termine el próximo mandato presidencial.

En otro análisis vimos que la unidad parlamentaria es la llave maestra para lograr mantener la cada día más frágil unidad de la centro-izquierda. Al mismo tiempo, afirmamos que esa “unidad política y parlamentaria” no se puede seguir sosteniendo sobre la base de una ruptura ideológica y política. En efecto, en la coalición no pueden seguir conviviendo neoliberales y anti-neoliberales.

La decisión del PS y del PPD de no pactar con la DC, las declaraciones de Goic en torno a las concesiones hospitalarias, la inscripción de su candidatura y la necesidad de re-fundar la coalición y la ruptura con los radicales son hechos que van configurando un panorama complejo para lograr esa unidad. Todas las señales van en esa dirección. No obstante, nadie se atreve a ponerla la epitafio de la tumba.

Primer problema. Los cálculos electorales muestran que en el escenario de ruptura parlamentaria los más perjudicados serían los DC. Sin embargo, hay cifras que han empezado a circular y que dan cuenta de que sin unidad parlamentaria todos los partidos de la coalición serían perjudicados al bajar su representación de modo significativo en  el Congreso. Mientras, para algunos DC la lista única falangista es un riesgo que calificado como suicida; para otros, es preferible un partido chico, coherente, ideológico y bisagra.

No obstante, hay un segundo problema que debe enfrentar el falangismo. Se trata, de que muchos votos en la Junta para ir a primera vuelta fueron decididos y emitidos con la convicción de que habría pacto parlamentario, apoyo “mutuo” para la segunda vuelta y, en consecuencia, la unidad de la centro-izquierda seguiría articulando la política chilena. De hecho, buscar ese acuerdo fue el voto político de la jornada. No obstante, pasan los días y los tiempos políticos de reducen.

En consecuencia, si no hay “unidad” la tensiones internas irán en aumento y el fantasma de los descolgados –lo que es bien visto por muchos- volverán a instalarse en el seno del falangismo. Cómo sabemos, esos sectores –los que se tienen que ir- siempre son los reformistas-progresistas que se inspiran en la “la unidad política y social del pueblo”. Quizás, otro signo de la nueva época.

Estos dos hechos potenciales –baja en la representación parlamentaria y conflictos internos en ascenso- , tienen un impacto no sólo sobre el estado de las reformas durante el próximo período, sino también en la conformación de su lista parlamentaria.

Respecto de la primera tensión, hay que volver a insistir, en que lo que está en juega para el próximo ciclo presidencial es la posibilidad política de seguir impulsando reformas en dirección anti neoliberal, al menos, contra modelo en algunas de sus dimensiones.

Las coordenadas, en consecuencia, del mapa político para los próximos años están definidas por las reformas: más reformas, estabilizar los que hay, menos reformas o que hay que hacer de nuevo las reformas. La tensión será, por tanto, entre regresión o profundización reformista. De hecho, esa fractura ya está instalada en la sociedad chilena y la DC es uno de los partidos más atrapados en ella. Pareciera, que están en una etapa de sobre-vivencia y posicionamiento político.

Los hechos de este gobierno y su “reformismo híbrido” muestran que un proceso de reformas de la magnitud del que se puso en marcha en marzo del 2014 no puede sostenerse con fisuras internas como las que se manifestaron y manifiestan en este ciclo presidencial al interior de la moribunda Nueva Mayoría.

Segunda tensión. Se trata, de la configuración de su plantilla parlamentaria entre reformista, conservadores y neo-liberales. Si bien, armar una lista unitaria con varios cupos -dependiendo del distrito- parece fácil ya que hay espacio para todos; por otro, se ve complejo el proceso porque unos tienen más opciones que otros de salir electos. Esto, sin duda, tensiona al partido. Surgen, en consecuencia, dos pregunta: ¿cómo equilibrar la plantilla parlamentaria entre progresistas y neoliberales? y ¿qué rol jugará esa bancada en la defensa de las reformas en un eventual gobierno de Piñera?

Finalmente, hay una tercera problemática. Se trata, de los apoyos para la segunda vuelta presidencial. Esta instancia es, sin duda, el espacio en que se manifiestan las latentes fracturas internas. Las opciones del falangismo para la segunda vuelta presidencial son diversas: Piñera, Guillier o la Bea Sánchez. Los apoyos están divididos. Si bien hay guilleristas, también hay piñeristas. Respecto de la posibilidad de que Sánchez pase a segunda vuelta, el silencio se ha instalado en la falange. Lo relevante, es que desde la mesa se ha dicho que no hay giro a la derecha.

Sin duda, la decisión en esta dimensión del conflicto falangista está abierta y en su momento debe ser resuelto. No obstante, la opción Piñera para segunda vuelta no desagrada a destacados y conspicuos falangistas. De hecho, la opción Goic evita que muchos tengan que votar en primera vuelta por Piñera –que, además viene de familia DC.

En consecuencia, el nudo político a resolver a corto plazo es: hay lista parlamentaria única o no. Esta es la llave maestra que abre las otras puertas. Lamentablemente, para los negociadores el paquete viene completo, el espacio político se ha ido reduciendo y los tiempos políticos se acortan. Esta decisión va definir el futuro político no sólo de la falange, sino también la política chilena y el desenlace de la política reformista.


martes, 9 de mayo de 2017

Conversando con Atria sobre la crisis política

Mayo, 2017

“La situación de crisis está dada por la creciente deslegitimación”


Hacemos pública la tercera parte de una larga entrevista que tuvimos con Fernando Atria en Febrero. Por su extensión e interés político y teórico fue dividida en tres partes. En esta ocasión, la conversación está centrada en la crisis política que cruza la sociedad chilena y sus diversas dimensiones. Un aporte, sin duda, que va más allá del “campo político”.

Desde la campaña de Bachelet se viene escuchando hablar del nuevo ciclo político; de hecho, la tesis de los “cambios estructurales” se instalaron sobre esa idea; ha pasado el tiempo y ya no se habla o se habla muy poco sobre cambio de ciclo: ¿qué sucedió?, ¿ya estanos en el nuevo ciclo?, ¿en qué situación estamos?

Hay un nuevo ciclo que está surgiendo. En este contexto, volver atrás es completamente inviable. Hay quienes creen que es posible volver atrás y yo creo es imposible.

Por tanto, ¿la restauración conservadora no es viable?

No es viable. Chile no tolera una forma política como la república binominal. Su fecha de vencimiento ya esta pasada. De hecho, la discusión sobre el modelo neoliberal que la Concertación humanizó no tiene sentido y es puramente académica; porque para lo que viene, la política tiene que ser distinta. De hecho, la política tiene que tener una visión transformadora.  No es posible volver atrás. Hacerlo, es sólo profundizar la crisis de legitimidad en la que estamos.

Pero, la dirección de esa transformación puede tener varios caminos.

Cuando surge con fuerza política una demanda social de transformación en el 2011 se pone entre dicho la cultura binominal porque no puede procesarla. Todavía, estamos viviendo las consecuencias de ese proceso. Vemos, por tanto, desde el 2011 un proceso creciente de deslegitimación de esa institucionalidad y cultura política. La transformación que Chile necesita y está exigiendo desde el 2011 es una ruta de salida al neoliberalismo. Para nosotros la dirección de la transformación está dada por la profundización democrática y la ampliación de la ciudadanía. Esa es, nuestra ruta de salida.

En el contexto del Chile de hoy, ¿hay crisis política, entendiendo que la legitimidad es sólo una dimensión del proceso?

La respuesta es no, si medimos la crisis por la posibilidad cierta de que la institucionalidad se venga al suelo. Está pasando algo más difícil de enfrentar que es que la institucionalidad política se está lentamente hundiendo en una ciénaga de ilegitimidad. Tenemos una democracia deficitaria.

¿Cómo se sale se esa situación y en qué momento se toca fondo y pasamos de una crisis “en la” democracia a una crisis “de la” democracia?

La situación de crisis está dada por la creciente deslegitimación. El camino de solución es con profundización democrática y ampliación ciudadana. Para entender este proceso hay que remitirse a la idea de que vivimos en la cultura política dela República binominal.

¿Qué entiendes por República binominal o por cultura binominal?

Que la política esta neutralizada. El punto de partida de este proceso es la constitución del ’80 que fue diseñada para neutralizar la política porque sabían que el modelo neoliberal no pasaba la prueba de la legitimación democrática. La pregunta que se hicieron los que la diseñaron fue como hacer que ese modelo se prolongara más allá de la dictadura y hacer que la política democrática no tocara el neoliberalismo; la respuesta, fue la constitución del ’80 con sus trampas y cerrojos.

Y, en este recorrido ¿qué tenemos cuando empiezan los noventa con el primer gobierno de la Concertación?

Tenemos una institucionalidad formalmente democrática; pero, una política democrática que no puede transformar. Luego, en un segundo momento, esta neutralización que estaba en las instituciones y en las reglas constitucionales –senadores designados, leyes orgánicas, tribunal constitucional, etc.- pasa de las instituciones políticas a la cultura política. Desde este momento, la cultura binominal pasa a entender que es impropio, inadecuado e irresponsable hacer transformaciones. Surge, por tanto, una cultura política neutralizada que no necesita el cerrojo de las instituciones.

¿Cómo ha afectado esta tensión al gobierno de las reformas?

Es una parte del problema que ha tenido. El gobierno está tratando de hacer lo que esta cultura política no puede hacer; que es la transformación. Chile, necesita hacerse cargo de la demanda transformadora. Por eso, Chile necesita una nueva constitución.

Mencionaste, que la crisis política de hoy es de legitimidad; pero, ¿qué otras dimensiones tiene esa crisis?

La despolitización. Los ciudadanos ven crecientemente la política como algo ajeno a él, que no tiene nada que ver con él, que no se preocupa de él. Esto, es característico de esta época. El ciudadano hoy, esta des-empoderado. Se da cuenta que la política no sólo es crecientemente impotente en las cuestiones que realmente importan, sino también que se toman decisiones en espacios que no corresponden a los que están bajo el control de la política democrática. El ciudadano experimenta el hecho de que la decisión que tienen como ciudadanos es irrelevante. Este tipo de ciudadano es, por tanto, el resultado de la neutralización política de la cultura binominal o de la globalización neoliberal.

Crisis de legitimidad, des-politización y “ciudadanos des-empoderados”, son elementos que mencionaste como dimensiones en crisis de la “democracia deficitaria”; entonces, ¿qué rol juegan los partidos en este contexto? considerando que dijiste que eran máquinas sin proyecto.

A los partidos políticos ya no se les identifica con un proyecto político y la posibilidad de su realización porque han abandonado la dimensión del proyecto político.  Entonces, si los partidos son sólo maquinas, son despreciables. En este caso, los partidos terminan siendo instrumentos para los fines que ellos mismos decidan. Terminan defendiendo intereses particulares. Los partidos, desde el principio, han tenido patologías. Todas las instituciones tienen una dimensión patológica.  Pero, hay algo en la lógica institucional que hace que no pueda ser de otra manera porque hay una deformación de la política.

No obstante, podemos entender este vació de proyecto político como el efecto de una derrota política e ideológica –incluso, militar- localizable en algún lugar del tiempo; sobre todo, en lo que se refiere a la izquierda chilena. Entonces, ¿ese abandono del proyecto surge de una derrota que genera desconcierto y sentimiento de derrota?

En la izquierda, claramente sí. En este punto hay varias cosas vinculadas. Una de ellas, es la idea de una política neoliberal cuyo sueño es un mundo sin política en la que lo único que hay son individuos que contratan en la medida que pueden.

En este análisis ¿qué pasa con la representación, entendido como unos de los pilares de la práctica democrática?

En primer lugar, la representación no debe ser entendida como delegación. Hay una manera de entenderla de modo no político o despolitizado; que es, entenderla desde el punto de vista del contrato en el que mi representante, para comprar algo en Punta Arenas, compra y paga por mí. En la representación que ocurre en el contrato la idea es, en principio, que el representante sea un intermediario. En este caso, si yo pudiera estar en Punta Arenas yo no necesitaría ese intermediario que sería mí representante.

Pero, cuando decimos “habla por mí”, “vota por mí”, “decide por mi” no se trata, precisamente, de un contrato como el que mencionas.

La representación como contrato no es un buen modelo para entender la representación política.

Por tanto, ¿qué entiendes por representación política?

Es un proceso a través del cual una voluntad común va emergiendo. No es que exista antes de la representación un sujeto que quiere expresarse pero no puede; y que, entonces, recurre a la representación porque no cabemos todos los chilenos dentro de un hall suficientemente grande.  En este modelo el político sigue representando el interés de los que votan por él, que sigue siendo un interés particular. El sentido de las instituciones políticas es que emerja una voluntad común. Si bien, las instituciones no son perfectas y todas tienen patologías, está la pretensión de que la discusión pública va conformando una voluntad común. Por tanto, la representación no puede ser vista como un intermediario, como una delegación.

¿Cómo tiene que ser vista la representación?

Como un momento en la formación de una voluntad común que después se expresa en ley o en la decisión respectiva. Hoy, entendemos la representación como intermediación. Entonces, el Senador de Coquimbo representa los intereses particulares de los que votan en Coquimbo. De este modo, el Senado o la Cámara de Diputados es como una asamblea de Plenipotenciarios donde llegan los representantes de estas regiones que tiene que negociar entre ellos para sacar una tajada más grande.

Para ir terminando, ¿por qué una nueva constitución tendría que re legitimar el proceso político, re definir la representación y hacer que la distancia entre la política y la sociedad se reduzca?

No es una garantía de que va pasar. Si tenemos una institucionalidad que es mera administración, tenemos, por tanto, un poder político débil. El costo de esto es que no puede enfrentar a poderes que son fuertes. Uno espera que lo políticos controlen a los poderes facticos y le pongan límites.; sobre todo, a los abusos. Se trata, de que el poder político pueda domesticar esos poderes. La política neutralizada no puede producir esa domesticación. Las consecuencias de esto la recibe el ciudadano cada vez que recibe el informe de su AFP, los planes de adecuación de la Isapre, cuando va a comprar un pollo o papel confort.

Finalmente, ¿cómo analizas la coyuntura actual y cuál es la relevancia que le asignas?

Durante los 20 años de la Concertación el neoliberalismo fue humanizado, no transformado. Hay dos modos de entender el sentido político de esos 20 años: humanización para estabilizarlo y proyectarlo al futuro o humanización para generar las condiciones para su superación. Quiero decir, que el sentido político no queda fijado por lo que ocurrió en esos 20 años porque ese sentido político está en el futuro.