jueves, 30 de abril de 2015

Las dudas para salir de la crisis de confianza

Abril-2015

Hay consenso en la élite política, empresarial, ideológica y mediática que la actual crisis del sistema político chileno es de credibilidad y confianza: “no nos creen” resuena como eco a lo largo y ancho de Chile. PENTA, SQM y CAVAL vinieron no sólo a profundizar una crisis que ya estaba instalada, sino también a contaminar y erosionar la credibilidad de la presidenta, sobre todo, desde que se instala el conflicto CAVAL.

Este diagnóstico se viene a constituir en la síntesis de una crisis que muestra diversas facetas y dimensiones: liderazgo, representación, participación y probidad. De este modo, terminan simplificando una situación profunda que pone en “riesgo la democracia” y que encuentra raíces hacia mediados de los noventa: ¿acaso, pretenden resolver los problemas de la democracia chilena desde la credibilidad?; ¿cómo pretenden resolver un problema tan complejo y que tiene claves en la sicología humana que la política no es capaz de entender?; o ¿acaso, “creen” que restituyendo las confianzas –vía credibilidad- van a ser que los electores vuelvan a  las urnas, que los chilenos “hablen sobre política”, que las representación y su vínculo fundacional de la democracia liberal se re-establezca y que la legitimidad del sistema en su conjunto se vuelva a erigir como principio articulador?; ¿acaso, pretenden que con un “mea culpa” institucional van a superar la crisis actual de la política?

Si PENTA, SQM Y CAVAL marca un antes y un después en lo que respecta a la profundización de la crisis; la entrega del informe de la Comisión Asesora contra la “corrupción” hace lo mismo en relación a los caminos de solución, a lo menos, en lo que respecta a los problemas derivados del financiamiento de la política, la probidad y la transparencia.

Desde la entrega de dicho informe y la cadena nacional anunciada se pone en marcha una operación política liderada por Bachelet –la misma que han acusado de no tener liderazgo- con “mea culpa” incluido que viene a generar las condiciones morales –y políticas- para intentar salvar “la credibilidad” de los actores del poder; y con ello, re-legitimar las instituciones de la política –gobierno, partidos y parlamento- y de la economía –la empresa-.

Para proyectar la viabilidad y éxito de esta operación debemos poner atención en la credibilidad humana. En primer lugar, hay que afirmar que se trata de una “relación social” que se ve obligada a evaluar de manera constante los hechos y los discursos que configuran la certeza y la confianza sobre la que se pone en movimiento toda acción social; es decir, es la posibilidad que todos tenemos de “creer o no creer” frente a lo que otros –de un padre/madre a una institución- afirman sobre los hechos o acontecimientos del mundo del cual formamos parte. Sin duda, en el campo de la política es un hecho muy sensible: le creo o no le creo al presidente; le creo o no le creo al representante; le creo o no le creo a la institucionalidad política; ¿será verdad que van a resolver mis problemas?; ¿será verdad que la universidad será gratis?; ¿será verdad que vivimos en el reino de la libertad y las oportunidades?

En consecuencia, y en segundo lugar, la credibilidad se relaciona con la confianza y la certidumbre. Podríamos plantear una hipótesis: a mayor credibilidad, mayor certeza –o menor incertidumbre-; o, a menor credibilidad, menor certeza –o mayor incertidumbre-. En definitiva, la credibilidad genera certeza y confianza. Sin duda, confiamos en lo que nos genere certeza; y no confiamos en lo que genera duda –o incertidumbre-. Sin duda, confiamos en las personas y en las instituciones que  generan certeza –el piso firme sobre el cual caminar-; es decir, le creemos al que produce certidumbre. ¿Quién le puede creer al que produce duda e incertidumbre?; ¿cómo creerle al que genera desconfianza?

En tercer lugar, la credibilidad, la confianza y la certeza se relacionan con la “verdad”; en definitiva, con lo que consideramos verdadero. Sin duda, problema filosófico profundo y complejo. No voy a entrar en esa discusión. Sólo afirmaré que “creemos” lo que nos parece “verdadero”; “le creemos” al que nos parece “dice la verdad”; “le creemos” al que genera confianza y certeza.

Finalmente, lo anterior se vincula con la legitimidad; es decir, con lo que nos parece “legítimo”; lo que consideramos como “verdadero, justo, adecuado, autentico, creíble y ajustado al deber ser”. En definitiva, le “atribuimos legitimidad” a todo aquello que genera certeza y confianza.

De manera breve, he tratado de articular y comprender como funciona en la sicología humana y en las relaciones sociales la credibilidad, la certeza, la confianza y la legitimidad. La idea de esta reflexión es responder la pregunta que se deriva del diagnóstico compartido de que la crisis actual de la política es de credibilidad y confianza. En consecuencia, ¿cómo el sistema político chileno –sus actores e instituciones- restituyen y recuperan la confianza ciudadana?

Hemos visto, del mismo modo, que hay una operación política transversal que busca resolver la crisis actual del sistema político. La entrega del Informe Engel y la cadena nacional de la presidenta no sólo marca un antes y un después. En efecto, desde ese momento comienza la cruzada por la restitución de la credibilidad y la confianza. No obstante, las preguntas y las dudas abundan.

En consecuencia, responder a esta crisis desde una agenda de financiamiento, probidad y transparencia no resuelve los problemas que han hecho posible que esta “crisis” se haya instalado en nuestro país. De hecho, ya estaba instalada antes de que emergiera PENTA, SQM y CAVAL. Como tampoco, es una operación que va permitir que los ciudadanos recuperen la confianza y la credibilidad en sus representantes e instituciones. Sin duda, más complejo para los primeros que para los segundos. 

Sólo un proceso constituyente con un mecanismo participativo e inclusivo que avance hacia una nueva constitución hará posible que las confianzas se restituyan y la credibilidad del proyecto democrático vuelva hacernos soñar y “creer” que un mejor país es posible. 

viernes, 24 de abril de 2015

Crisis, parálisis y la búsqueda de la legitimidad

Abril-2015

Los últimos meses una de las aristas del debate público ha girado en torno a que el gobierno está “paralizado”, en un “marasmo” y en una evidente situación de estancamiento. La sequía legislativa, el estancamiento de las reformas, el no asumir el control de la agenda sobre todo en la perspectiva de liderar la “resolución de la crisis” y el estancamiento económico ha sido los hechos que se han invocado para instalar la tesis de la paralización. 

Dos son las afirmaciones dominantes: un gobierno paralizado –sin iniciativa ni legitimidad- y gobierno sin conducción ni liderazgo. Ha llegado a tal la magnitud la sensación ambiente que han surgido rumores de que la presidenta ha pensado en renunciar y en las últimas semanas se ha hablado de que se podrían adelantar las elecciones; sobre todo, si la situación “empeora”. Incluso, un ex presidente afirmó que había llegado el momento de “hacer algo radical”.

Este análisis va dirigido a responder estas dos preguntas: ¿está paralizado el gobierno? y la presidenta ¿tiene problemas de liderazgo y de conducción política?

El gobierno no está paralizado.

Desde el punto de vista institucional no hay parálisis. Desde el punto de vista político tampoco. En efecto, las instituciones y los actores del poder siguen cada uno realizando sus labores constitucionales y políticas. En medio del triángulo de las Bermudas: PENTA-CAVAL-SQM y de una crisis que parece no tener fondo el gobierno sigue gobernando, impulsando sus “reformas estructurales”, liderando la resolución de la crisis y al mismo tiempo atendiendo los múltiples problemas y situaciones que todo gobierno debe enfrentar. Se podrá criticar de un lado y otro que lo está haciendo mal, que no se comunica bien, que la gestión, que el estilo y que hay que cambiar los ministros, etc.; pero, lo sustancial es que el ejecutivo está gobernando y el país tiene condiciones de gobernabilidad y estabilidad democrática. En consecuencia, el gobierno no está paralizado, no hay crisis de gobernabilidad, no estamos ad portas de un quiebre institucional ni frente a la amenaza inminente de un proyecto populista. Como tampoco, de un movimiento de “desobediencia civil” ni de turbas que arrasan con todo lo que encuentran a su paso.           

Que los niveles de aprobación son bajos, que ha bajado la credibilidad de la presidenta, que la élite política no tiene credibilidad, que la empresa del gran capital este cuestionada moralmente y que la Iglesia Católica pierda su capacidad normativa, no son hechos ni situaciones suficientes como para instalar la tesis de la paralización y de que el gobierno no tiene liderazgo ni conducción.

La presidenta sí tiene liderazgo y capacidad de conducción política.

Que la presidenta no tiene liderazgo es una “afirmación política” que venimos escuchando desde su primera campaña presidencial: ¿es posible llegar a la presidencia de un país sin liderazgo?, ¿es posible llegar a la presidencia de un país por segunda vez sin liderazgo?

No hay duda que su estilo Bachelet entra en contradicción con ese “liderazgo de pantalones largos” que algunos reclaman y otros aplauden. Básicamente, entra en conflicto con los estilos autoritarios y  machistas de un país de cultura monárquica, feudal, patronal y patriarcal. Como ningún liderazgo se ejercita y ejecuta en el vació surgen problemas derivados de las múltiples coyunturas a las que debe responder: qué algún ex presidente o ministro del Interior tire la primera piedra.

En ese contexto dos son las referencias y demandas que se hacen en el último tiempo en relación al liderazgo debilitado que manifiesta Bachelet; y que, por tanto, se expresa en una “falta de conducción” y en una “paralización política”: las reformas y la salida a la crisis.

La coyuntura actual –sobre todo, desde CAVAL- ha puesto en duda no sólo la capacidad de Bachelet de liderar las “reformas estructurales”, sino también la legitimidad de las mismas. Hemos visto, toda una operación política –si se quiere, espontánea- en torno a debilitar las reformas por medio de afirmaciones y opiniones dirigidas a cuestionar y erosionar la credibilidad y el liderazgo de la presidenta, a instalar la necesidad de volver al clima de “los acuerdos” y a los liderazgos de “pantalones largos”. Desde que se explota el caso CAVAL se consolida la tesis de que Bachelet no tiene “credibilidad” para seguir impulsado el “programa de la inclusión y la igualdad”, sobre todo, cuando está contaminada por un caso de “enriquecimiento familiar” como lo planteo al derecha desde el primer día. En consecuencia, no hay piso “moral ni político” para seguir con las “reformas estructurales”.

La otra referencia de las últimas semanas sobre su liderazgo se relaciona con la actual crisis de credibilidad. Desde todos los sectores se ha insistido en que se necesita su conducción y liderazgo para superar esta “compleja y difícil” coyuntura. Curiosamente, los mismos que afirman que no tiene liderazgo ni credibilidad, le piden y exigen que asuma la conducción de la crisis actual. Sin duda, en un régimen presidencial es indispensable esa concurrencia. Precisamente, es lo que ha estado ocurriendo.

El triángulo de las Bermudas (PENTA-SQM-CAVAL) vino a profundizar un crisis instalada en la sociedad chilena desde mediados de los noventa y que encuentra raíces en la forma en que se pactó la transición una década antes hacia mediados de los ochenta. En consecuencia, ya no sólo se trata de una crisis de credibilidad, de representación y de participación, sino también de probidad y transparencia.

¿Qué crisis debe liderar Bachelet: todas o sólo la referida al financiamiento de la política y la probidad en los negocios?

Bachelet ha estado liderando la crisis: Tres son las acciones.  En primer lugar, desde el primer momento recurrió a la doctrina de que hay que dejar que las “instituciones funcionen” y por extensión que la justicia haga su trabajo y que se operara con la “mayor transparencia”. Desde esta señal no hay “arreglo” posible. “Que se investigue a fondo todo lo que haya que investigar” ha afirmado la presidenta.

En segundo lugar, está la acción orientada a regular la relación dinero-política por medio de la Comisión Asesora Presidencial contra los “conflictos de interés, el tráfico de influencias y la corrupción”. A pesar de las críticas iniciales, la Comisión tienen legitimidad como para que sus propuestas sean la base del proyecto de ley que debe entrar al congreso a la brevedad y que tiene que apuntar a resolver problemas de financiamiento, de probidad y de transparencia.

Junto a estas dos acciones concretas orientadas a resolver la actual crisis de la política hay una tercera que se orienta hacia un conjunto de iniciativas que apuntan a una democracia más transparente como por ejemplo, el proyecto sobre declaración de patrimonio e interés y la pérdida del cargo parlamentario. En este punto hay mucho por hacer y el gobierno está al debe; probablemente, con las propuestas de la Comisión Asesora se podrá avanzar en medidas que apunten a profundizar la democracia chilena no sólo desde el punto de su transparencia, sino también de la participación.

Sin duda, son tres casos concretos en los que la presidenta ha liderado. De hecho, en un régimen presidencial de rasgos monárquicos es inevitable esta concurrencia. No podemos olvidar, por otro lado, que también los partidos y los centros de pensamiento han realizado estudios, informes y planteamientos en torno a generar una democracia más transparente y de ese modo contribuir en alguna medida a resolver la actual situación. Del mismo modo, los parlamentarios han ingresado un conjunto de iniciativas –mociones- con el fin de profundizar y transparentar la democracia: reducción dieta, pérdida del cargo, iniciativa popular de ley, control ciudadano, etc.

Pero, el tiempo de los diagnósticos, reflexiones y evaluaciones se está acabando. Más bien se acabó. De hecho, la entrega del informe de la comisión asesora no sólo marca un antes y un después en la administración y resolución de la crisis, sino también marcará el ingreso de Bachelet a la arena política con mucha fuerza y liderazgo. De hecho, desde hace unas semanas se ve una presidenta más involucrada en la coyuntura. Ha llegado el momento de tomar decisiones.

En ese sentido, la élite ya tiene un acuerdo tácito y explícito: se ha impuesto la tesis del caiga quien caiga. No puede haber “arreglín” ni “chanchullo”. Luego, los parlamentarios para avanzar en una solución a la crisis de credibilidad y transparencia tendrán no sólo que “cuadrarse” con el proyecto o proyectos que mande el ejecutivo, sino también tendrán que acelerar su tramitación.

Sin embargo, es evidente que los temas de financiamiento, probidad y transparencia son sólo una parte de una crisis que encuentra raíces en factores que no se vinculan con los casos que he llamado el triángulo de las Bermudas: PENTA-SQM-CAVAL. Estos, más bien, vinieron a profundizar una crisis que ya estaba instalada y que cada cierto tiempo salía de su latencia para explotar en medio de la élite política.

En consecuencia, regular la histórica relación entre la política y el capital con normativas más severas y transparentes sólo va resolver a corto y mediano plazo los aspectos asociados a la transparencia y al financiamiento de la democracia: ¿alguien puede creer que la credibilidad de la política se va restituir porque “ahora sí” hay una normativa severa en temas de probidad? 

Evidentemente, para avanzar hacia una democracia más participativa, más representativa y más legítima se requiere –por cierto, complementariamente- no sólo iniciativas que apunten hacia una profundización democrática –y quizás, más directa-, sino también hacia una real y esquiva –hasta hoy- sociedad democrática. Queda mucho por hacer.

jueves, 16 de abril de 2015

El frágil y aparente consenso de la UDI

Abril-2015

Tenemos nueva directiva gremialista. No obstante, ello no implica que la crisis por la que atraviesa el partido va a ser superada. Tampoco, que las tensiones internas van a dar paso a los primeros años del partido en que todos eran uno y la unidad la base del éxito del proyecto político. Al contrario, las tensiones van a continuar hasta su ajuste, renovación, refundación y/o quiebre. El sólo hecho de describir cómo se produjo la salida de la directiva anterior y la instalación de la nueva son indicadores de que las aguas van a seguir turbulentas. El futuro gremialista es incierto.

El propio Hernán Larraín –uno de los mayores detractores y críticos del partido que desde fines del año pasado sonaba como posible sucesor de Silva- afirmaba que “el hecho de haber tenido dificultades para conformar la lista no es más que el reflejo de lo que está ocurriendo en la UDI en el último tiempo”. Agregando, que la “conformación de la nueva mesa directiva… ha motivado una confrontación de ideas… franca y apasionada sobre lo que los distintos actores de nuestro partido consideramos lo que es mejor mostrando diferencias e incluso generando controversia”. Antes había afirmado que sólo “nos sostiene la fuerza de nuestra trayectoria”.

Lo relevante de estas opiniones –emitidas en la coyuntura del Consejo General- es que dan cuenta de que en el partido hay una fractura interna significativa.

Este diagnóstico se ve reforzado cuando identificamos que este tipo de afirmaciones ha sido recurrente, a lo menos, desde las presidenciales y parlamentarias del 2013. De hecho, durante las últimas semanas varios personeros del gremialismo han emitidos opiniones y juicios en torno a la magnitud de la crisis: de los iluminados a los populares y de los diputados a los alcaldes. Por lo menos en eso hay consenso.

Al terminar las presidenciales pasadas en diciembre del 2013 los gremialistas se enfrentaron a cuatro problemas: hacer un diagnóstico de la derrota –muy vinculado al “estado del partido”-, renovar su directiva, constituirse en una oposición eficaz y seguir liderando al sector. La respuesta a cada una de esos escenarios estuvo condicionada por una situación estructural doble: interna y externa; la primera, referida a las tensiones internas del partido y, la segunda, a la relación de la UDI con la sociedad, específicamente, con el Chile del nuevo ciclo político y cultural.

En ese contexto el Consejo de Enero del 2014 fue una buena oportunidad para debatir y entender lo que pasaba en la UDI. Lamentablemente –para ellos- no hubo una respuesta clara y unitaria en torno al diagnóstico de lo que ocurre en el partido ni en torno a las causas de la derrota: “la marca UDI está agotada, el partido se desangra, hay que adaptarse a los nuevo tiempos, hay que instalar nuevos rostros”, son algunas de las opiniones que se escucharon en ese entonces. En ese ambiente tomo fuerza la tesis del  “cambio generacional” que se impuso, finalmente, en la internas de abril con el liderazgo de la dupla Silva-Macaya.

Los hechos no sólo mostraron que fue un error táctico y estratégico de proporciones, sino también que Novoa seguía controlando el partido. El nuevo ciclo político no podía enfrentarse con un “ajuste táctico” que sólo se enfocaba en las nuevas generaciones. En ese consejo, hubo muchos que pedían cambios profundos que iban desde un cambio en la declaración de principios hasta una “renovación profunda” que no sólo volcara al partido nuevamente al trabajo territorial –“nos hemos aburguesado” acaba de afirmar Larraín-, sino también que los acercara a la sociedad y a los cambios que en ella estaba ocurriendo. Hace unas semanas, De la Maza afirmaba que de no hacer esta última operación, es decir, de “ajustarse a la demanda ciudadana” se corría el riesgo de ser “irrelevantes”.

Desde la instalación de Silva en la presidencia del gremialismo comenzaron a observarse los quiebres internos cada vez con más fuerza; sobre todo, desde que estalla –pocos meses después- el caso Penta y su arista política. Este hecho, no abre una crisis en el gremialismo: la explosión y administración política del caso Penta sólo vino a profundizar y acelerar un proceso de descomposición que ya estaba en marcha y que amenazaba la unidad del partido y la viabilidad de su proyecto político desde hace un par de años.

A menos de un año de haber asumido al dupla Silva-Macaya, o si se quiere el triunvirato Novoa-Silva-Macaya, tuvieron que dejar sus cargos. Las tensiones internas eran cada vez más intensas. Sin embargo, lo más relevante desde el punto de vista político no es la renuncia de Silva y la instalación de una nueva directiva, sino la profundización de las tensiones internas. De hecho, el consenso en torno a Larraín es aparente y frágil. Aparente porque no hubo tal “consenso” ya que se impusieron las tesis de Novoa -por eso el hombre de las platas a la salida del consejo declara estar “contento”-; y frágil, porque Larraín  esta en medio de una pugna entre dos poderes que no se van a dar tregua en los siguientes meses. Sin duda, las municipales van a ser una prueba de fuerza para ambos sectores.

Vemos, en consecuencia, que internamente la UDI está herida y fragmentada; y que Larraín no viene a “exacerbar el clima de pasiones, confrontaciones y odiosidades”. Al contrario, su “misión” apunta no sólo a sacar al partido de los tribunales, recuperar la credibilidad perdida y mantener la unidad, sino también a reestructurar al partido, “recuperar la esperanza” y “continuar con el proceso de renovación” y ajuste del gremialismo con los cambios sociales del mundo y del país. Días antes del consejo, Larraín afirmaba que había llegado el momento “de hacer un cambio refundacional para recuperar el espíritu originario”.

Los desafíos de Larraín, sin duda, son complejos. No resulta fácil definir y actualizar el proyecto político e ideológico de la UDI cuando hay tensiones internas que obedecen a  distintas maneras de ver y entender el partido desde los “principios” y “estilos” hasta su relación con la sociedad.


Larraín, es el hombre indicado para la coyuntura: es moderado  -“soy un hombre de paz” ha dicho-, tiene llegada al mundo político, tiene apertura ideológica y es el puente perfecto entre dos sectores que cada día profundizan más sus diferencias. Sin embargo, adolece de una debilidad estructural: es que está solo: el acercamiento de unos; será, la distancia de los otros. 

jueves, 2 de abril de 2015

El posicionamiento presidencial de Insulza

Abril, 2014

La dupla Lagos-Insulza es, sin duda, una de las más fuertes y potentes desde los noventa. Mucho más que: Piñera-Allamand, Piñera-Hinzpeter, Bachelet-Peñailillo, Escalona-Andrade, Longueira-Lavín, Frei-Arriagada, Frei-Figueroa, Aylwin-Boeninger, etc. No es casualidad, por tanto, que en las últimas semanas y en el contexto político del país sus nombres se posicionen como presidenciables o como ministros.

La vuelta del Panzer –“nunca me fui” a dicho- y del Rey Ricardo son vistas con muy buenos ojos no sólo por la vieja guardia concertacionista, sino también por amplios sectores de  la derecha política, empresarial, mediática  e ideológica.

¿Qué reales posibilidades hay para la vuelta de ambos o de uno?

La respuesta considera cuatro opciones: La opción presidencial de Lagos y de Insulza; y la posibilidad de un asiento en el senado o de un ministerio político para Insulza.

Lagos ha dicho en todos los tonos que por su edad no es candidato. No obstante, los rumores, los deseos y las fantasías sólo se han intensificado en el último tiempo, sino también sus acciones y opiniones políticas -desde su aparición en la Enade de fines de agosto del año pasado hasta su proyecto “Tú Constitución”- parecen ir en esa dirección. Sin duda, hay muchos entusiasmados. Sin embargo, también hay pasivos que limitan su irrupción definitiva más allá de su edad: Transantiago, caso MOP-GATE, la nueva fase política en la que está el país y el desprestigio de la élite  concertacionista derrotada política y electoralmente desde la Bachelet 1.0. Es más, ¿alguien cree que Lagos iría  a una primaria?

En su último viaje a Chile Insulza formo parte de un movimiento político que parece lejano y de bajo impacto. Se trata, del apoyo que le da a Escalona para dirigir el PS. Algo, sin duda, de la mayor trascendencia.

¿Por qué?

Porque si Escalona gana la interna del PS –lo que es altamente probable- Insulza se convertirá en la opción presidencial del socialismo. En una entrevista, Escalona fue elocuente: Insulza reúne cualidades que no están en otros líderes políticos… cinco años como Ministro del Interior le dan un conocimiento privilegiado de todo el gobierno interior del país… como Secretario de la Presidencia con Frei le da un manejo significativo del funcionamiento del gabinete, como Canciller y Secretario General de la OEA le da un conocimiento de la política exterior que pocos tienen”. Y agrega, “una figura de tales dimensiones tiene que jugar un rol muy destacado”.

No obstante, Escalona afirma que en el PS hay tres militantes que “han manifestado interés” presidencial: “Allende, Rossi e Insulza”. Sin embargo, “no hay que apurarse en el tema presidencial… en la definición no me voy apurar como lo hice en el primer gobierno de Bachelet… me apure y no fue bueno… fue prematuro y al propio Insulza le dieron muy duro mucho tiempo con mala intención”. En consecuencia, abrir el debate presidencial –una de las críticas que le hace a Isabel Allende- “es apresurado y de pésimo gusto… sin que se resuelva el tema de la probidad”.

Al formalizar el apoyo a Escalona, Insulza no sólo destaca el rol que “Camilo” tiene en el socialismo chileno –“es la columna central”-, sino también destaca que inician un camino político en conjunto: “quiero decir que quiero volver al país y espero que abordemos juntos la tarea que tenemos por delante que es hacer realidad que los políticos estamos para resolver los problemas de la gente, no para crearles problemas”. La dupla Escalona-Insulza viene, por tanto, a “resolver” problemas; no ha crearlos.

Desde fines de Mayo tendremos a Insulza en el campo de la política. En febrero afirmaba que “si me pregunta qué voy hacer, si voy a ser candidato a esto o a lo otro, no descarto nada, pero no afirmo nada en este momento”. Luego en marzo, “estoy dispuesto y abierto a conocer las posibilidades que se planteen, pero no de manera conflictiva… me gustan los acuerdos, no los conflictos”.

En consecuencia, la dupla Escalona-Insulza viene, sin duda, a re-instalar la política de los acuerdos, a moderar la “era de las reformas” e institucionalizar y conducir el nuevo pacto político, es decir, la nueva constitución. La tectónica del poder ya está en movimiento.

La política de los acuerdos” presiona fuertemente por re-instalarse como el eje de la acción política. Los últimos días los llamados han venido desde todos los sectores: de Novoa a Lagos. Lentamente, se va instalando la tesis de que la recuperación de las confianzas  pasa por retomar un clima de convivencia política distinto. Lagos e Insulza, serían los indicados para liderar ese proceso. Se necesita liderazgo se ha dicho.

Para Escalona uno de los efectos del caso CAVAL ha sido que el liderazgo para conducir la “estrategia por la igualdad” se ha debilitado. Por ello, no sólo hay que re-instalar y re-legitimar esa conducción, sino también hay que considerar que la Opinión Pública ha instalado con sentido de urgencia la agenda por la probidad y la transparencia.

La dupla Escalona-Insulza no viene a detener el “programa de las reformas por la igualdad”. De hecho, tanto Escalona –uno de sus autores intelectuales- como Insulza son fervientes partidarios de que el país necesita mejorar sus niveles de igualdad y distribución de ingresos. El tema para la dupla es que las reformas hay que hacerlas sin “retroexcavadora”, con estabilidad, con acuerdo, dentro del marco institucional, generando confianzas, de manera progresiva –“no todo a la vez”-, sin espíritu refundacional y con crecimiento económico.

No obstante, las reformas comprometidas hay que llevarlas a puerto y de manera “acelerada”: hay que despejar las incertidumbres rápidamente. En la reforma educacional “las propuestas se tendrán que acelerar”: carrera docente, financiamiento educación superior. Ya hay reforma tributaria y se avanza en el tema laboral –principalmente, negociación colectiva-. A esas tres, se agrega la agenda instalada por la coyuntura: probidad y transparencia. Finalmente, todo indica que el gran déficit programático del gobierno será el tema constitucional ya que no hay espacio político para avanzar en el sentido de tener aprobada la “nueva constitución” al finalizar este período.

Las características políticas de la fase, los dos años electorales que se vienen, la debilidad del gobierno y la emergencia de la agenda de probidad generan las condiciones para que el tema constitucional quede relegado para el nuevo gobierno y la campaña electoral lo considere como un eje relevante.

En este contexto, en consecuencia, Insulza es el indicado para restituir la “política de los acuerdos”, para moderar y estabilizar las reformas y para conducir políticamente el nuevo texto constitucional. Hay que agregar: la recuperación de las confianzas,  la vuelta de un liderazgo de “pantalones largos” y el crecimiento económico. Además, hoy es la mejor opción para anular la fuerza presidencial de Marco Enríquez


Es la hora de Insulza. Veremos, si Escalona gana la interna del PS, qué voluntad de poder manifiesta el Panzer y si está dispuesto o no de ir a una primaria. Y al mismo tiempo, como las fuerzas progresistas y “reformistas” de la Nueva Mayoría y las que están fuera del oficialismo mantienen el impuso de la “era de las reformas”. La presidencial ya está en juego: ¿más reformas, menos reformas o estabilización de las reformas?