martes, 30 de julio de 2013

Las crisis de la derecha y el fin de ciclo

Julio 2013
El proceso que condujo a la nominación de Matthei como abanderada presidencial del gremialismo tiene como una de sus consecuencias más significativas haber sacado del baúl de los recuerdos hechos ocurridos en el pasado y que dan cuenta de las profundas diferencias y conflictos que hay en el sector. Esto, no ocurría desde el 2006 cuando Piñera mostraba reales posibilidades de llegar a La Moneda.

De hecho, todos los actores de la política –políticos, partidos, medios y analistas- han comparado esta “crisis” de la derecha con los hitos clásicos de conflicto que se han manifestado en el sector: las peleas fundacionales de fines de los ochenta, el Piñera Gate de 1992, el caso drogas en 1995, el caso Spiniak en el 2003 y la proclamación de Piñera en el 2005 son los hitos que dan cuenta de una historia cruzada de tensiones y diferencias.

¿Porqué este hecho ha actualizado los recuerdos de los grandes hitos que han tensionado al sector?   Sin duda, la respuesta se encuentra en que hay elementos comunes a todos estos eventos. Se identifican tres:

En primer lugar, se encuentra la profundidad del conflicto. En efecto, todas son coyunturas en que la tensión alcanza niveles superiores al punto de amenazar la unidad del sector; y, de ese modo, debilitar sus rendimientos electorales a nivel presidencial y parlamentario. La experiencia muestra que por medio de la unidad estuvieron a  treinta mil votos de ganarle a Lagos en 1999 y se convirtieron en gobierno en el 2010. Sin unidad perdieron en el ’89, en el ’93 y en el 2005.

En segundo lugar, todas estas coyunturas de una u otra manera se relacionan con la lucha por el posicionamiento presidencial. Se trata, en definitiva, de la competencia por la conducción y el liderazgo presidencial de la derecha política.

En tercer lugar, observamos que los involucrados en estos acontecimientos no sólo son los mismos, sino también son los principales liderazgos políticos del sector a los largo de 25 años: Piñera, Allamand, Novoa, Lavín, Longueira y Matthei.

Estos tres elementos muestran que en la derecha aumenta la tensión y la batalla se despliega cuando se ven enfrentados a coyunturas en las que deben definir la conducción y el liderazgo político del sector en un sentido doble: en relación al partido que asume el rol dominante y a los liderazgos presidenciales que “desean” representar al sector.

En función de esta historia se ha descrito que en la derecha chilena hay una fuerte tendencia a la auto-destrucción y a una fagocitosis política que se expresa en la frase típica de que la derecha chilena es “chaquetera, pesimista y autodestructiva”. Los hechos son elocuentes. Los sucesos están a la vista y han sido actualizados. No obstante, esta tendencia negativa convive  con otra positiva; que se relaciona con el sentido de supervivencia, la voluntad y la vocación de poder. La experiencia, muestra que siempre termina imponiéndose el cálculo político, el rendimiento electoral y la racionalidad de clase. 

De este modo, Eros y Tánatos se suceden en una interminable dialéctica en la que ninguno es el ganador definitivo. Las crisis emergen y se neutralizan. Las crisis aparecen y desaparecen. El problema no es lo uno ni lo otro.

El problema, por tanto, es que las variables que hacen que emerjan escenarios de crisis no desaparecen ni se resuelven. Al contrario, las crisis se superan cuando estas variables vuelven –por distintas razones y operaciones- a su estado de latencia. La “paz”, por tanto, retorna al sector hasta el momento en que aparece una coyuntura que determina nuevamente que se visibilicen las variables que tensionan y han tensionado al sector históricamente.

En la derecha las coyunturas presidenciales han sido y son caldo de cultivo para la crisis y el enfrentamiento. Esta oportunidad no ha sido la excepción. En efecto, el tema presidencial y la competencia por la conducción política del sector, nuevamente abre una coyuntura de crisis: la “crisis Matthei”.

No obstante, va ocurrir lo mismo que ha sucedido en otras coyunturas; se va superar no porque las fracturas estructurales del sector se sinceren y resuelvan; sino, porque la demanda de la política es intensa y requiere una diaria actualización. En definitiva, no hay tiempo. La competencia por el poder es voraz. Hay que seguir en la lucha y dar vuelta la página. Y hoy, la derecha debe seguir en la carrera presidencial y parlamentaria.

Pero, esta crisis es distinta a las anteriores en el sentido de que el contexto dentro del cual se inserta es otro. En consecuencia, el problema político de mediano y largo plazo para la derecha es que la “crisis presidencial” que se ha evidenciado se inserta en un sistema social y político que ha entrado a una fase de reformulación y transformación; que conduce “inevitablemente” no sólo a un nuevo modelo de convivencia política –nueva constitución y fin al binominal-, sino también a un modelo de desarrollo socio-económico más regulado en el que el Estado asume un rol activo y protector.

Por ello, para el sector es mucho lo que está en juego: gobierno y modelo en jaque. ¿Jaque mate?

La “orden del día”, por tanto,  para la derecha es doble: defender y proyectar el gobierno y mantener el modelo neoliberal. La tarea es compleja cuando observamos que el sector enfrenta esta coyuntura en un contexto de “crisis de conducción” y de debilidad social, política y electoral.

En consecuencia, no se avecinan buenos momentos para el sector. De hecho, la “paz aparente” volverá en noviembre; sobre todo, si la derrota presidencial es contundente y la lista parlamentaria es doblada, a lo menos, en doce distritos y en cuatro circunscripciones. La crisis será más intensa no sólo porque desde ese mismo momento empezará de nuevo la carrera presidencial del sector, sino también porque se comenzará a impulsar el programa de la igualdad.


Y finalmente, en este escenario la derecha deberá adaptarse y refundarse para ajustar sus prácticas, ideas, proyectos y liderazgos a las nuevas condiciones del ciclo político y social. Entre ellas, deberá aprender a competir sin subsidio político.  Se vienen días y jornadas intensas.

jueves, 25 de julio de 2013

Crisis de representación y binominal

Julio 2013
Representación y binominal están emparentados; pero, son parientes lejanos. En efecto, el binominal no es la condición necesaria ni suficiente para explicar la “crisis de representación” de hoy. En consecuencia, cambiar el sistema electoral no va terminar con esta “crisis” que amenaza con transitar hacia un debilitamiento del sistema democrático; y de ese modo, abrir las puertas al populismo, a los caudillos anti-partidos, al autoritarismo y al militarismo.

Para nadie es desconocido que la política y sus instituciones democráticas no gozan de buena salud. Que los políticos son “corruptos, “mentirosos” y “ladrones” son adjetivos que dan cuenta de lo dañada que esta la relación entre el ciudadano y sus representantes.

Hay tres modos de entender la representación: desde los jurídico, lo político y lo sociológico. En el plano jurídico-político, se manifiesta en que una persona –el representante- “habla y actúa en lugar de otro” –el representado- y que ese actuar y hablar se hace en beneficio de este último y con su consentimiento. Desde el punto de vista sociológico, la representación se funda en que hay semejanzas –cierta identificación- entre el representante y el representado.

En consecuencia, la representación es una relación social y de poder que se funda en la confianza que deposita “una persona en otra” para que “represente” sus intereses. De este modo, cuando hablamos de “crisis de representación” nos estamos refiriendo al vínculo debilitado y dañado que existe entre el “representante” y el “representado” y que se manifiesta como distancia, desconfianza y falta de credibilidad.

Surge algunas preguntas: ¿qué explica la desconfianza con la política?; ¿es el sistema electoral la causa de esta crisis?; ¿en qué medida, el binominal contribuye a la “crisis de representación”?; ¿podrá revertirse esta crisis con el cambio del sistema electoral?

La hipótesis es que las causas y los remedios de la “crisis de representación” no hay que buscarlas en los sistemas electorales; o por lo menos, no de modo exclusivo.

La crisis de representación, por tanto, se explica por tres grupos de variables: las de contexto, las relacionadas con los “representados” –los ciudadanos- y las vinculadas con los “representantes” –los gobernantes-.

I. Las variables de contexto se refieren a que a) en el Chile de hoy el poder no está en los políticos, en los partidos ni en el parlamento, b) que la ideología neoliberal genera un ciudadano despolitizado y c) que la democracia representativa es cada vez más impracticable e ineficaz para la demanda ciudadana.

II. Las variables vinculadas al representado se refiere a que a) el poder democrático se ha limitado sólo a elegir representantes. Terminado el acto electoral se acaba la participación. Hoy, elegimos un presidente y un diputado cada cuatro años, un senador cada ocho años y  alcaldes y concejales cada cuatro años. Una democracia mínima. b) los electores masivamente están orientados al espacio privado y alejado del espacio público. Este hecho no sólo responde a una cuestión ideológica, sino también a la comodidad, a la flojera intelectual y la escasa capacidad de análisis y crítica.

III. Las variables relacionadas con el representante se refiere a que a) una vez elegido no tiene ninguna obligación de responder la demanda del que lo eligió. De este modo, el representado queda huérfano y aislado. El “mandato” no es revocatorio ni hay responsabilidad ni obligación; b) los representantes a lo largo de la historia y en todas las democracias han sido sorprendidos en actos de corrupción; lo que, ha ido erosionando la imagen de la democracia; c) la cantidad de problemas que hay que resolver son complejos y abundantes. Esto, genera la imagen de un parlamento lento e ineficiente y d) las disputas políticas que ocurren al interior del parlamento no siempre son entendidas por los ciudadanos.

Entonces, ¿hay relación entre “crisis de representación” y binominal?  Si ponemos atención en los elementos anteriormente identificados, se observa que no hay una relación muy visible entre ambas dimensiones. De hecho, el binominal no tiene la capacidad para resolver ninguna de las variables mencionadas.

Para comprender el asunto hay que entender, en primer lugar,  que “representación” no es lo mismo que “representatividad”. El binominal, por tanto, actúa sobre la segunda al distorsionar la representatividad del sistema político debido a que con el 33% de los votos se controla el 50% del parlamento. Esto, sin duda, produce desilusión debido al “veto” que genera la minoría sobre la mayoría. En consecuencia, en esta dimensión encontramos el efecto principal que el binominal tiene sobre la representación y su crisis.

Pero, lo sustancial es que sus efectos son limitados; ya que, no resuelve los problemas de la democracia representativa que ya mencione y que cruzan todas las democracias del mundo.

Son, por tanto, otras las reformas que hay que estimular: limites a la reelección, poder para el Congreso, financiamiento de la política, mandados revocatorios, iniciativa popular de ley e incorporar elementos de la democracia directa.

La “crisis de representación” es la crisis global de la democracia representativa. No le pidamos a la teoría y a la práctica de la representación lo que no puede dar y para lo cual no fue diseñada. Hay que avanzar hacia formas superiores del ideal democrático.


En consecuencia, en el contexto del cambio del binominal hay que volver a preguntarse: ¿podrá, el sistema electoral –que reemplace al actual- reconstituir el vínculo debilitado y dañado que existe hoy entre el “representante” y el “representado”?; ¿podrá revertirse el desprestigio de la política y sus instituciones?

lunes, 22 de julio de 2013

Longueira se agotó, igual que el modelo

Julio 2013
renuncia de Longueira a la carrera presidencial ha sorprendido a los actores de la política y a la opinión pública. Comentarios de todo tipo y en todas las direcciones. ¿Qué significa y que impacto tiene sobre el escenario político a corto y largo plazo?

El “hecho Longueira” hay que interpretarlo en una doble perspectiva: como consecuencia y como efecto.

La bajada de Longueira no es un hecho azaroso que surge en medio de una contienda presidencial y que termina abriendo una coyuntura de crisis. Al contrario, es un hecho que es el resultado de un conjunto de sucesos y errores que se vienen manifestando en el sector y que han terminando por protagonizar una carrera presidencial llena de conflictos y  confusiones. Fue la salud lo que gatilló. Pero, pudo ser cualquier hecho. Con Golborne, fueron los cobros abusivos y los paraísos fiscales; y con Allamand su agresión a Golborne y  los insultos de calle Suecia; ¿cómo tanto infortunio?; todavía no sabemos si Matthei llegara hasta Noviembre.

Si por un lado, la bajada de Longueira es el resultado de lo que viene sucediendo en el sector, a lo menos, desde que asumen el gobierno en marzo del 2010, por otro es un hecho que genera efectos de poder sobre algunas variables de la coyuntura política: liderazgo presidencial, relación UDI-RN, gobierno, dinámicas internas de los partidos del sector e imagen pública de confusión y debilidad.

¿Qué variables explican la emergencia del “hecho Longueira”?

En lo sustancial, ese hecho responde a una derecha débil en lo político-electoral que tiene el desafió no sólo de defender el gobierno –“su gobierno”- y proyectarlo, sino también de defender aspectos trascendentes del neoliberalismo chileno: constitución, reforma tributaria, reforma laboral, reforma educacional. Por tanto, el “hecho Longueira” se inserta en una dinámica del sector que se caracteriza por su debilidad y confusión.

La salida de Longueira por motivos de salud es la mejor muestra de lo que sucede en el oficialismo –gobierno y partidos-. Es un hecho lleno de significación.  Pablo, “representa” una generación y un proyecto político que se viene desarrollando hace treinta años. Longueira no se “deprimió” sólo. Su enfermedad –“nuestro padre está enfermo”, ha comunicado su familia-, es la enfermedad de todos a los que representa; es la enfermedad de una generación, es el agotamiento de un proyecto político, es el “estrés” del modelo, es el fin de un ciclo, es la debilidad del gobierno y de los partidos. Longueira, entró en “depresión severa… que lo tiene débil” –una semana después- por cansancio y presiones. Se agotó. Igual que el modelo.

La enfermedad es un “síntoma político”. La renuncia de Longueira es consecuencia, por tanto, de la situación de debilidad en la que se encuentra inmersa la derecha política chilena ante la necesidad de mantener las bases del neoliberalismo local. Esto, genera angustia y depresión. El triunfo arrollador de Bachelet, es la gota que colma el vaso y consolida los miedos. A los pocos días, la derecha se queda sin candidato y sin mecanismo para elegirlo; ¿será casualidad?

Pero, la debilidad política, social y electoral de la derecha –no digo, militar, ideológica ni económica- no es algo nuevo. De hecho, desde los ’20 del siglo pasado, se ha visto débil frente a los sectores de centro-izquierda que desde siempre han impulsado un programa de trasformación que presiona a los sectores que mantienen el “estatus quo”. El triunfo de Piñera no sólo es un gran triunfo electoral, sino también una excepción.

De los último ochenta años -1933-2013- la derecha ha gobernado en 4 ocasiones (1932-1938, 1958-1964, 1973-1999, 2010-2014); ha controlado, por tanto, el ejecutivo por 33 años, equivalente al 41% del tiempo. Si sacamos los 17 años de la dictadura de Pinochet, bajamos a 16 años –en tres oportunidades- lo que equivalente al 20%. Finalmente, en cuarenta años -entre el ’33 y el ´73- sólo gobernaron 12 años. Es más, la derecha nunca ha logrado tener sucesión presidencial.

Todos esos fantasmas irrumpieron en la derecha durante la fase Piñera. Longueira hace años dijo que “habían ganado con votos ajenos”. El gobierno se instalo y antes de un año comenzó a manifestar y evidenciar problemas de manejo político; que rápidamente no sólo erosiono los apoyos que la habían hecho llegar a La Moneda, sino también genero condiciones para que la oposición lograra recuperar su fuerza electoral y posicionarse fuertemente para volver a La Moneda.

Durante el gobierno de Piñera, la derecha volvió a debilitarse. En esta situación de debilidad, por tanto,  se ven enfrentados a un profundo proyecto de transformación social; cuya máxima expresión es la demanda por una “nueva constitución” y “reforma educacional”. Por primera vez, desde el ’89, se generan condiciones políticas, sociales y electorales para desactivar los principales ejes del modelo.

La derecha, está enfrentada a un cambio de época que entra en contradicción con las estructuras fundamentales del Chile de hoy: modelo político y modelo económico. Está enfrentada a una coyuntura en que lo fundamental debe ser la defensa del gobierno y del modelo. Esa, es la “orden del día” para el oficialismo. Lo relevante, es que la “derecha política” esta débil frente al “programa de la igualdad”. La derecha, ha dejado de ser competitiva en términos presidenciales y queda presa del fantasma del ’89 y del ’93. La derecha, arriesga cuotas de poder parlamentario. Su resultado electoral –a nivel presidencial y legislativo- puede ser “catastrófico” y abrir una crisis terminal.

¿Qué efectos de poder se generan a partir del “hecho Longueira”?

El “hecho Longueira” no fue producto del azar y el capricho de la mala salud. Lo relevante para el análisis, es que  a partir de este hecho -otra “tormenta”, “misil”, “tsunami”- se producen efectos de poder internos y externos. Los primeros, en relación a lo que ocurre al interior del gremialismo; y los segundos, en relación a la carrera presidencial y a la relación UDI-RN.

Efectos internos. La “enfermedad” de Longueira no sólo lo inhabilita para la competencia presidencial, sino también lo “distancia” de la política del día a día, de la microfísica del poder. Esto, sin duda, abre una interrogante sobre el futuro de la UDI Popular y del rol que Pablo venía a jugar en el diseño del gremialismo para los próximos 30 años. Moreira lo ha dicho varias veces: “Pablo, volvió al partido para quedarse”.

Y mientras tanto, Novoa recupera el control e instala como candidata presidencial a la “prima” de Golborne: Matthei, es la carta del Novoismo. Lavín, a su vez, queda como generalísimo y se convierte en el puente entre ambos sectores del gremialismo y re-instala los equilibrios. Con todas las fuerzas y la “convicción” -palabra más usada por los gremialistas- van a defender la tesis de llegar con Matthei a Noviembre. La UDI es un partido estructurado y disciplinado por lo que todos cierran filas en torno al liderazgo presidencial de la ex RN.

A la UDI, le interesan dos cosas: mantener su peso político-parlamentario y seguir reproduciendo el neoliberalismo chileno y los principales dispositivos que los sustentan. “Tenemos mucho que perder” insiste Melero. Para el gremialismo, lo mejor para esos objetivos es llevar candidatura propia y cerrar filas en torno a ella. Los problemas internos quedan, por tanto, para después de las parlamentarias y para la próxima renovación de directiva.

Efectos externos. La bajada de Longueira y el vacio presidencial que se produce, abre una fuerte tensión con RN. El primer golpe lo da el gremialismo y proclama –rápidamente- a Matthei. La crisis de coyuntura que se abre es la manifestación de una fractura política en la derecha chilena que se manifiesta a lo largo del tiempo de diversas maneras y en distintas coyunturas. La derecha anclada en dos fuerzas desde principios de los ochenta se tensiona cada cierto tiempo por la hegemonía política del sector. Es sabido, que el gremialismo es el sector que pone la música en el oficialismo y el que mejor interpreta a la derecha económica –hegemonizada, por el capital financiero-.

El triunfo de Longueira en la primaria, lo ratifica. Como también, proclamar  a Matthei y poner a sus socios contra “la espada y la pared”. La “mujer de hierro” local es la que mejor protege hoy los intereses superiores del sector y de “los chilenos”: “Firme” con Matthei es la misión.

Rápidamente, la unidad se transforma en fuertes disputas. Las heridas se abren y la historia se re-instala con todos sus miedos y derrotas: “Nuestro sector pasa por malos momentos” ha dicho la vocera. De este modo, la carrera presidencial nuevamente pone a competir a las dos derechas; la gremialista y la liberal.  Y también, nuevamente, se rompe la “paz”. La racionalidad de clase, siempre termina imponiéndose y anulando las divergencias.

El “hecho Longueira” es, en consecuencia, el símbolo de una derecha débil y confusa que ha ido avanzado de manera lenta, de modo casi imperceptible e inevitablemente a una derrota política y electoral de proporciones. Lo relevante, desde el punto de vista político y de la correlación de fuerzas -que se puede institucionalizar desde marzo del otro año-, es que esa “Nueva Mayoría” social y política pone en jaque los principales enclaves del neoliberalismo chileno.


La crisis presidencial de la derecha, es la manifestación de que ha llegado el momento de refundarse y de adaptarse a las condiciones socio-políticas que impone el nuevo ciclo político y social que comenzó a emerger en marzo del 2006 cuando empieza la gestión Bachelet y en abril cuando empieza la “revolución pingüina”. 

domingo, 14 de julio de 2013

La ¿crisis de representación? en el Chile de hoy

Julio-2013
Desde hace varios años se viene hablando de que en el Chile hay una “crisis de representación”. Esta, a su vez, se habría incubado durante los veinte años en que gobernó la Concertación. Finalmente, es en el gobierno de Píñera cuando no sólo se hace evidente y se transforma –junto a otras variables- en un “hecho potencialmente crítico”, sino también  se convierte en un problema que debilita la democracia, su legitimidad y la participación político-electoral. La voz de la calle es la manifestación más palpable de que algo no anda bien en el sistema político chileno.

Que los políticos son “corruptos, “mentirosos”, “ladrones” y sólo interesados en sus “agendas” son adjetivos que dan cuenta de lo dañada que esta la relación entre el ciudadano y sus representantes. La distancia con la política, el desprestigio de sus actores e instituciones son indicadores que muestran la “crisis de representación” que se ha instalado en el Chile de hoy. “No voto porque ninguno me interpreta, ninguno me gusta y/o a ninguno le creo” es una afirmación que se viene escuchando desde hace algunos años y que en estas primarias volvieron a  surgir; y, volverán a emerger en noviembre. Cuántas veces hemos escuchado que la política es “cochina”.

Entonces, ¿qué explica este hecho y qué efectos puede tener a mediano y largo plazo para la democracia chilena? Para entender esta problemática y ponderar sus raíces y proyecciones conviene empezar por saber: ¿qué se entiende por representación?
 
A modo de introducción teórica –muy breve, por cierto-, hay que destacar que la teoría de la representación es la base conceptual, ideológica y política sobre la que se construye todo el edificio de la modernidad democrática de Occidente desde el siglo XVII. Es, en definitiva, el referente teórico-político que funda el orden moderno: capitalista, democrático y liberal. Hoy, todas las democracias existentes son sistemas de representación.

Diré, por tanto, que representar significa “estar presente en lugar de otra persona en beneficio de sus intereses”. Hay tres modos de entender esta afirmación: desde lo jurídico, lo político y lo sociológico. En el plano jurídico-político, se manifiesta y expresa no sólo en que una persona –el representante- “habla y actúa en lugar de otro” –el representado-, sino también que ese actuar y hablar se hace no sólo en beneficio de este último, sino también con su consentimientos y “mandato”. Esto ocurre en la representación legal –el abogado- y en la representación política –los gobernantes-.

Pero, hay un tercer elemento de carácter sociológico que se refiere a que la relación de representación se funda en que hay semejanzas –aun cuando sean mínimas- entre el representante y el representado; sobre todo, cuando hay “trasferencia de poder” de uno a otro.

Vemos, por tanto, que la representación es una relación social y de poder que se funda en la confianza que deposita “una persona en otra” para que “represente” sus intereses y demandas frente a otros intereses y demandas. En el plano de la política democrática el  “representante” es elegido y/o seleccionado por el “representado” en un proceso electoral que tiene en el voto su elemento fundacional.

En consecuencia, cuando hablamos de “crisis de representación” nos estamos refiriendo al vínculo debilitado y dañado que existe entre el “representante” y el “representado”. Podemos afirmar, por tanto, que este desencantamiento –o distancia- se manifiesta, en primer lugar, como desconfianza y falta de credibilidad.

¿Qué explica y produce la crisis de representación en el Chile de hoy?

A modo de hipótesis preliminar, se puede afirmar que este hecho se explica por la tensión y el desfase existente entre el modelo político de representación democrática y la demanda ciudadana.

El “asalto al poder” de los militares en 1973 implico el quiebre de la representación existente hasta ese momento.  Desde entonces no hubo representación política. Sin embargo, la dictadura cívico-militar puso en marcha un dispositivo institucional que definía un tipo de representación: la representación neoliberal.

Desde que se puso en marcha el proceso de la re-democratización en octubre del ’88, se fue construyendo un modelo político que fue lentamente -muy lentamente si se quiere- avanzando hacia una democracia representativa liberal. De este modo, la democracia pactada y protegida -que fue el marco constitucional en el que se realizó y realiza  la política- fue sometida a “cirugías parciales” que terminaron por crear un híbrido que quedaba a medio camino entre la democracia neoliberal –binominal incluido- y la democracia representativa liberal.

Mientras, por un lado, el “modelo político híbrido” se estancaba y comenzaba a generar las condiciones políticas para la emergencia de una crisis en la representación; por otro, hace posible la reproducción sin contrapeso político del modelo neoliberal de producción y consumo instalado en Chile hacia mediados de los setenta. En este escenario, la política quedaba subordinada a la economía. La política, por tanto, no podía –ni puede- entorpecer ni limitar la libre expansión de los negocios y el desarrollo.

Al mismo tiempo en que se manifestaba un modelo político y económico, se desarrollaba un modelo social y cultural que comenzaba a dejar atrás la época de la dictadura y del Chile post autoritario. En este proceso es muy relevante el surgimiento de nuevas generaciones no sólo porque se trata de “individuos” que no están atados al pasado, a sus divisiones y traumas, sino también porque son los hijos de la globalización, del despertar tecnológico y de la ciudadanía sin poder.

En consecuencia, las presiones neoliberales por el desarrollo y emergencia de una cultura global generan las bases y las condiciones para el surgimiento de un nuevo Chile. En este escenario, las demandas se multiplican: más poder –política-, más libertad –cultura- y más igualdad –economía-.

Esta triple demanda entra en tensión con el sistema político en general y con el sistema de representación en particular. Se produce, por tanto, una distancia cada vez más amplia entre política y sociedad.  En este contexto, la política -sus actores e instituciones- no tiene la capacidad –política- de dar respuestas a estas presiones, demandas y exigencias.

De este modo, “los representantes” no pueden satisfacer la demanda de “los representados”. Comienza, en consecuencia, el desinterés, la distancia, el desprestigio, la desconfianza, la rabia, la desesperanza y los “encapuchados”. Por tanto, se ha incubado y consolidado una crisis en la representación; es decir, en el núcleo central de la democracia.

Esta tensión hace crisis y se comienza a manifestar como protesta y movilización social justo cuando se aprueban las reformas constitucionales del 2005 y comienza la gestión de Bachelet en marzo del 2006. Desde entonces –sobre todo, con Piñera- la clase política ha puesto en marcha una agenda de transformaciones políticas que tienen por finalidad fortalecer la democracia representativa y liberal y dejar atrás la “democracia protegida”; y, de ese modo, reconstruir la relación entre “el representante” y “el representado”: ¿será posible que el desinterés se transforme en interés, que la distancia en cercanía, el desprestigio en prestigio y la desconfianza en confianza?

La respuesta es no. ¿Por qué?  Principalmente, debido a que la élite sólo ha puesto atención en la participación y piensa que cambiando el binominal –lo que me parece urgente- va resolver la actual crisis de representación. El problema es más complejo. El problema es global y local. El problema es teórico y político.

Ya vimos que la “crisis de representación” es resultado de un desfase entre política y sociedad; es decir, consecuencia de la incapacidad que tiene el sistema de representación de resolver las demanda social –de “representarla” y satisfacerla-.

¿Qué explica esta incapacidad?

Si bien, la crisis de representación es la crisis de la democracia representativa a nivel global, voy a intentar una respuesta que tiene como referente temporal y práctico lo que ocurre en Chile. En esa dirección, hay tres tipos de variables explicativas: las de contexto, las relacionadas con los “representados” y las vinculadas con los “representantes”.

I. Las variables de contexto que explica el desfase entre la demanda ciudadana y la capacidad de respuesta de la democracia representativa se relacionan con tres aspectos:

a) que en el Chile de hoy el poder no está en los políticos, en los partidos ni en el parlamento;

b) que la ideología neoliberal genera un ciudadano debilitado en lo político; que orienta sus acciones hacia el trabajo, el mercado y el consumo. En ese cuadro, el ciudadano “debe ser” trabajador y consumidor. La sociedad de consumo necesita ciudadanos pasivos –“despolitizados”- y consumidores activos, hedonistas y narcisos. No hay tiempo ni espacio para la “política pública”.

c) la democracia representativa cada vez es más impracticable. Lentamente va perdiendo legitimidad. Esto, se debe principalmente a que el mecanismo de la voluntad general no sólo es un “mentira ideológica”, sino también es un artefacto institucional cada vez más ineficiente. ¿Quién dijo que el acto de “trasferencia de soberanía” que funda el Estado Moderno es un acto voluntario y consentido?

Es más, ¿la representación es individual o corporativa? De hecho, la representación es ciudadana y no corporativa debido a que el acto de votar es particular y no global. La democracia representativa para resolver este problema ha convertido el parlamento en el lugar en el que se definen y cuidan los intereses generales y nacionales.

II. Las variables vinculadas al elector-representado contribuyen a la crisis en la representación desde dos perspectivas:

a) que el poder democrático se ha limitado a la elección de los representantes. La democracia representativa ha centrado su legitimidad en el acto de votar por medio del cual se elige un gobierno y/o un parlamento. Terminado el acto electoral –nuestro “orgullo cívico”- se acaba la participación. Elegimos, por tanto, un presidente y un diputado cada cuatro años, un senador cada ocho años y un alcalde y concejales cada cuatro años. Una democracia mínima. Lo único que se puede hacer es elegir. Y más aún, lo hacemos poco. No hay participación ni deliberación: ¿qué posibilidades tiene el ciudadano de participar e incidir en los contenidos de la agenda política y legislativa?

b) Los electores –en gran número- están orientados al espacio privado –sus propias vidas- y alejado del espacio público. Este hecho no sólo responde a una cuestión ideológica, sino también a la comodidad, a la flojera intelectual y la escasa capacidad de análisis y crítica. De este modo, la democracia representativa es cada vez más de opinión que de ideas.

III. Las variables relacionadas con el elegido-representante contribuyen a la crisis de representación de cuatro maneras:

a) Una vez elegido el representante no tiene ninguna obligación de responder la demanda del que lo eligió. De este modo, el representado queda huérfano y aislado.

b) Los representantes a lo largo de la historia y en todas las democracias han sido sorprendidos en actos de corrupción. Eso, sin duda, ha ido erosionando la imagen de la democracia, sus actores e instituciones.

c) La cantidad de problemas que hay que resolver son complejos y abundantes. Esto, genera la imagen de un parlamento lento e ineficiente.

d) Las disputas políticas que ocurren al interior del parlamento no siempre son entendidas por el elector medio. Estas rencillas terminan contribuyendo a fomentar el desprestigio.

¿La democracia representativa en el Chile de hoy?

La crisis de representación del Chile de hoy debe ser entendía en el contexto de la crisis de la democracia representativa liberal. El movimiento de los “indignados” con el relato de “democracia ahora” es una crítica a la representación política. De este modo, ha comenzado desde abajo un movimiento social y ciudadano que tiene como orientación general –difusa en sus primeros momentos- recuperar el poder soberano de los habitantes del planeta que alguna vez fue “trasferido a otro” –al representante- en nombre del bien común.

Los ciudadanos del mundo y de Chile quieren “recuperar su soberanía”; no sólo quieren poder para elegir, es decir, participar de la “forma democrática”, sino también quieren participar del “contenido democrático”. Por ello, la élite ha comenzado a hablar de “ciudadanos empoderados” y que cada vez va ser más complejo gobernar.

En este contexto, por tanto, han puesto en marcha un conjunto de reformas políticas –una aprobadas, otras no- con el fin de responder a la crisis de representación y sus efectos sobre la participación y legitimidad. Leyes pro-participación, inscripción automática, voto voluntario, primarias y cores son algunas medidas que se han impulsado. A mi entender, es una batería de reformas orientada a la participación; por lo que, no resuelven los problemas basales de la democracia chilena. Plebiscitos vinculantes a nivel nacional, iniciativa popular de ley, mandatos revocatorios, lobby, financiamiento de la política, etc. son algunas de las reformas que están en estado latente y que esperan ser aprobadas con el fin de solucionar la crisis “en la” política del Chile de hoy. En definitiva, son reformas que buscan re-legitimar la democracia representativa clásica y liberal.

Y en este contexto, ¿hay relación entre la crisis de representación y el binominal?; ¿es el binominal una variable que ha contribuido a la crisis de representación en el plano local?; ¿modificar y/o reemplazar el binominal resuelve la crisis?

Lo primero, es que “representación” no es lo mismo que “representatividad”. El binominal al distorsionar la representatividad debido a que con el 33% de los votos se controla el 50% del parlamento, produce un “empate perpetuo” que lentamente ha ido debilitando el potencial democrático. De este modo, la falta de representatividad del sistema electoral se expresa en que el voto es desigual; es decir, no tiene el mismo valor político para todos y cada uno de los ciudadanos.

En consecuencia, la “reforma binominal” contribuirá sólo a mejorar la representatividad de los ciudadanos en el parlamento. Pretender, resolver la crisis de representación por medio de un sistema electoral más inclusivo no sólo es un error teórico y político, sino también un autoengaño.

¿Podrá, el sistema electoral –que reemplace al binominal- reconstituir el vínculo debilitado y dañado que existe hoy entre el “representante” y el “representado”?; ¿podrá revertirse el desprestigio de la política y sus instituciones?

Si volvemos a las nueve variables –agrupadas en tres esferas-  que explican la crisis de representación, observamos –con sorpresa y desilusión- que el binominal no tiene la capacidad de resolver ninguna. Si, ninguna. En efecto, el “binominal mayoritario” o el “bipartidismo de pacto” no es el dispositivo adecuado para resolver en sentido estricto los problemas del sistema político chileno. No obstante, implica –de todos modos- un estímulo muy significativo para la calidad de la democracia.

Los problemas y las debilidades de la democracia son complejos y múltiples. Para salvar el escenario de crisis hay que responder una pregunta fundamental: ¿cómo se le “devuelve” poder-soberanía al ciudadano y sus organizaciones?


Hay mucho por hacer y proponer. Lo relevante, es que se ha instalado la coyuntura y el espacio político para impulsar y fortalecer la democracia; y, transitar de la democracia representativa –llena de contradicciones, desilusión y fracasos- a la democracia ciudadana. En ese camino, tenemos no sólo que re-pensar y re-valorizar la democracia directa, sino también volver a practicarla -aunque, hoy seamos muchos-.

domingo, 7 de julio de 2013

La ¿incertidumbre? del voto voluntario y la presidencial

Julio-2013
Han terminado las primarias y se abre una nueva fase política. Surge, por tanto, una pregunta: ¿qué efectos tienen los resultados de la primaria en este escenario que emerge?

La Sorpresa. Los tres millones de electores sorprendieron a políticos y analistas. La cifra que circulaba giraba en torno al 10% del padrón electoral; 1.3 millones. Yo, en particular hice un proyección que oscilaba entre 1.2 y 1.7 millones con una cifra promedio en torno a 1.4 millones de electores. Quede corto; del mismo modo, como todos los que hicieron proyecciones –incluidos, los analistas más respetados-. Sólo el diputado Auth tuvo un gran acierto al pronosticar la cifra que, finalmente, se manifestó. En la municipal, la sorpresa fue: que votara poca gente; y en la primaria, la sorpresa fue: que votará más de lo esperado -¿mucha gente?-.

Se ratifica, por tanto, que el voto voluntario con inscripción automática genera alta incertidumbre; sobre todo, cuando la gran mayoría de los nuevos electores no se han pronunciado. En dos elecciones, encuestas, analistas y políticos no han acertado en torno a la participación ciudadana que se iba manifestar en dichos procesos electorales. Entonces, ¿cuántos van a votar en noviembre?

Se ha insistido en estos días que 10.4 millones de electores no se pronunciaron en la primaria y que 7.6 millones no lo hicieron en la municipal. Sin duda, una cifra que puede definir una elección; y, que todos salen a buscar con la intención de revertir la actual correlación electoral de fuerzas: ¿serán exitosos?

No obstante, hay que tener en cuenta que de ese “voto flotante” –manifestado como abstención-sólo es desconocido el comportamiento electoral  de los nuevos inscritos; es decir, de 5 millones de electores. Con la inscripción automática el padrón pasa de 8.3 millones a 13.4 millones.

En la municipal pasada votaron 5.8 millones de electores. La cifra muestra que los nuevos electores –principalmente jóvenes hasta 29 años- no concurrieron a las urnas de modo mayoritario. Es más, de los antiguos electores –que estaban obligados a votar- no concurrió a las urnas 1.5 millones. Con las primarias ocurrió el mismo fenómeno. Los nuevos inscritos no fueron a votar y de los antiguos no fueron más de 4 millones.

En consecuencia, la incertidumbre esta focalizada en los electores que se incorporaron al padrón por efecto de la inscripción automática que alcanza a los cinco millones de electores.
Surge, por tanto, una segunda incertidumbre: ¿por cuál opción presidencial se manifestaran?  Sin duda, se trata de una muy significativa cantidad de votos. La pregunta es, por tanto, ¿puede algún sector político o candidato presidencial atribuirse una cuota –mayor o menor- de esos votos potenciales?

Dadas las características de la actual coyuntura, este “cuerpo electoral desconocido” no debería cambiar de modo significativo la correlación electoral de fuerzas vigente en el Chile de hoy. Es más, un padrón depurado –al eliminar los muertos y los que viven fuera de Chile- debería bajar de 13.4 millones a 12 millones. En consecuencia, esa masa desconocida se reduce a un poco más de 3.5 millones.

Por tanto, no hay razones estadísticas ni políticas que indiquen que eso electores cuando se manifiesten lo harán de forma significativamente diferente hasta como lo han hecho en el último tiempo. Lo más probable, es que los desencantados sigan desencantados –y no voten-, los alternativos sigan alternativos y los duopolicos sigan duopolicos.

La hipótesis, por tanto, que se podría plantear es que con el voto voluntario, ha sido la derecha la que se ha visto perjudicada.

Resultados y efectos. El triunfo de Bachelet y de la Nueva Mayoría fue arrollador; a nivel de pactos 73% contra 27% es una distancia muy apreciable. El famoso “tres de cada cuatro” es una diferencia que no es fácil remontar. Es, sin duda, casi irremontable. A su vez, la sola candidatura de Bachelet se manifiesta como imbatible. Al interior de su pacto supera al segundo en 60 puntos porcentuales y casi triplica la suma de sus competidores internos. En relación al oficialismo, con Longueira tiene casi 40 puntos porcentuales de distancia y el doble de puntos con el pacto de gobierno. La gran ganadora, en definitiva –y sin lugar a engaño- es Bachelet. El escenario presidencial que se abre, sin duda, se define de modo relevante con este dato.

La derrota de Orrego, el  segundo lugar de Velasco y el triunfo de Longueira tienen, también, sus propios efectos de poder. En esa dirección, es interesante observar que la suma de Velasco y Allamand alianza el 22.8% de las preferencias. Si agregamos la votación de Orrego, llegamos al 29.2%. Lo significativo para el sistema político en general y el sistema de partidos en particular es la potencialidad que tiene el liberalismo chileno para convertirse en una fuerza política importante: ¿hay espacio ideológico y político para la confluencia y articulación orgánica del liberalismo de derecha, de centro y de izquierda?

Finalmente, la confirmación y consolidación de la hegemonía gremialista al interior de la derecha chilena es otro resultado relevante a corto plazo –escenario presidencial-, mediano y largo plazo. Se abre, en el oficialismo un proceso de reacomodo que tiene en la plantilla parlamentaria su primera batalla. En los últimos días hemos visto como desde RN en tono de lamento y molestia se ha escuchado –nuevamente- que desde el gobierno no han sido bien tratados. Es decir,  tiene poco peso político.

Los resultados de la primaria, por tanto, vienen a consolidar un escenario electoral que se ya se manifestó en la municipales de octubre cuando el oficialismo fue derrotado de manera contundente y en las sucesivas encuestas que se van conociendo. Este hecho, unido a la demanda por “inclusión”, a la movilización social-ciudadana,  a los bajos niveles de aprobación del Presidente y del gobierno y al “factor Bachelet”, genera las condiciones políticas y electorales para ganar la presidencial, hacerlo en primera vuelta y lograr una cantidad significativa de doblajes.

Entonces, ¿qué efectos tendrán estos resultados sobre la presidencial en un escenario de voto voluntario en el que no se han pronunciado 5 millones de electores?; ¿qué tendría que pasar para que Bachelet pierda el posicionamiento que tiene desde marzo del 2010 y que ha ido ratificando día a día, elección en elección y encuesta en encuesta?

Insisto, por tanto, en la hipótesis de que no hay razones estadísticas, políticas ni electorales que permitan pensar que la población que no participa en las votaciones, podría eventualmente, optar por las opciones no duopolicas –MEO, Marcel, Parisi y otros- en una proporción que ponga en jaque el predominio del “factor Bachelet”. O incluso, que apoye mayoritariamente a Longueira.

¿Qué conclusiones nos dejan los resultados de las primarias?

La principal conclusión es que Bachelet, de no mediar un accidente político ganará la presidencial de noviembre. Luego, independientemente, del resultado parlamentario –medido en escaños- desde marzo del próximo año se ponen en marcha política y legislativamente el “programa de la inclusión” que tiene tres ejes fundamentales: Reforma Política, Reforma Tributaria y Reforma Educacional. No hay que olvidar, que Bachelet –hace varias semanas- dijo que el primer proyecto que enviara al Congreso será el que convierte a la educación en un derecho.

Ante, este escenario, la derecha pone en marcha estrategias defensivas que le aseguren no sólo cuotas de poder al interior del congreso; y de ese modo, limitar y frenar  la ofensiva de la “Nueva Mayoría”, sino también evitar perder en primera vuelta. Deben, por tanto, defender el modelo en un escenario de debilidad política y electoral.


No obstante, siempre hay posibilidades de revertir las derrotas, sobre todo, cuando el gremialismo es el adversario y hay una “moderada incertidumbre” electoral por efecto de que hay 5.5 millones de electores que no se ha pronunciado. Para la UDI “nada es imposible”. A la UDI le gusta “sorprender a Chile”. La UDI con Lavín estuvo a 30 mil votos de ganarle a un “aparente” invencible Lagos. Longueira siempre le ha ganado a las encuestas. Longueira nunca ha perdido una elección. Pero, siempre hay una primera vez.